La libertad femenina va más allá de la igualdad












Por Irina Adalberta R. R.*



Me encontraba yo un día conversando con algunos compañeros universitarios –digo compañeros porque no había más mujeres en el conjunto- que estudiaban licenciaturas de Filosofía, Historia y Letras. El diálogo se guiaba por un férreo debate acerca los problemas del “Hombre” y su significación en la historia. Las argumentaciones filosóficas suyas eran hechas de tal forma que guardaban al pie de la letra una estructura lógica: tesis, antítesis… síntesis.

Con uno de estos compañeros habíamos reflexionado anteriormente acerca de ese ejercicio mental impuesto a nosotras las mujeres de incluir nuestro ser mujer en “Hombre” o en ese constante hablar en masculino. Yo había renegado de incluirme en ese “hombre” masculino, declarado y exclusivo, así que me debatía en recordarles utilizar otras palabras que fuesen incluyentes, como humanidad, ser humana/o, entre otras. No obstante de mi insistencia, de ellos salía mecánicamente de su boca, una y otra vez, la palabra “hombre” con la pretensión de contener en ella a toda la raza humana.

La operación mental de sentirme incluida en el mencionado vocablo se me hacía tan molesta que dejaba de entender aquello a lo que se referían en las pláticas y en las clases de Historia. En general, esta perversidad me perseguía por todas partes: al escuchar la radio, en el cine, al leer el diario, incluso, estaba presente en casi la totalidad de las obras de índole historiográfica, filosófica y literaria, escritas tanto por hombres como por mujeres. Sentía exagerado el lenguaje sexista, a tal grado, que tenía la necesidad de buscar refugios femeninos en los que encontrara un lenguaje incluyente, propio.

Este mal-estar que os platico se fue traduciendo en sentirme fuera del mundo, no nombrada, ignorada. Representaba para mí la contradicción de estar ahí, pero ser sistemáticamente omitida, y si era mencionada, la mayoría de las veces era en el sentido de carencia, de indefensión, de víctima, o por el contrario, en sentido de la rebatinga por el poder. ¡Vaya opción –pensaba-, las mujeres sólo podríamos entrar a la Historia Oficial pareciendo víctimas o siendo Margaret Thatcher!

Fue hasta que estudiando en Duoda, Centre de Recerca de Dones -en donde me ofrecieron el pensamiento de la diferencia sexual-, tuve en mis manos un magnífico texto de la gran filósofa italiana Luisa Muraro, titulado “la alegoría en lengua materna”
[1] en el cual ella cuenta que al estar leyendo un texto filosófico que, precisamente, hablaba del hombre en la connotación antes descrita, experimentaba el mismo malestar que yo. De repente, dice, dejó de entender todo aquello y se percató de que había sido descargada de la tarea y el texto. Había descubierto que aquellos filósofos no hablaban sobre ella, ni con ella, y mucho menos de la humanidad entera; en realidad, pensaban exclusivamente en sí mismos y en sus semejantes.

¡Benditas sean Luisa Muraro y la madre que la parió!, pues me brindó la oportunidad de dotar de sentido a todas aquellas mis intuiciones feministas que me hacían buscar la palabra de mujer en la cual identificarme. Si, porque ellas hablaban de sí, para mí, porque la experiencia femenina es común a muchas mujeres o la mayoría de nosotras.

La práctica política de partir de sí -de política primera, no de política de partido-, ha sido comúnmente cultivada por las mujeres, no obstante que también hay varones que la practican. La mayoría de individuos que ostentan o aspiran al Poder han pretendido hacer extensiva al mundo su particular visión.

El descubrimiento del pensamiento de la diferencia sexual, ha implicado en mí la resignificación de la libertad femenina, mía y de las demás mujeres, que no es cuantificada más de acuerdo al poder adquisitivo -propio del patriarcado en su fase capitalista globalizada- que poseamos. Tampoco depende del nivel de desapego amoroso -tan masculino- que yo posea. Y mucho menos esta libertad es cuantificada en proporción a las frías cifras de representación femenina en el nivel parlamentario y gubernamental. Más bien, considero que la libertad es inalienable a mi persona, que la he tenido siempre, y que ahora tengo oportunidad de re-significarla. La filosofía de Hanna Arendt es la filosofía de la libertad y del comienzo. Para ella la libertad se encuentra ligada al ser humano desde el nacimiento: el ser humano nació libre y la libertad nació con el ser humano. La libertad es entendida por Hannah en relación a la vida y a la gestación de algo nuevo.
[2]

Mi libertad femenina, que está por sobre del Derecho y del sistema jurídico
[3] -más no en su contra-, implica reconocimiento de mis ligámenes históricos, amorosos y maternos. Implica también la valoración de lo propio de ser mujer, en la diversidad que ésta se plantea. Es así como la libertad femenina conlleva la capacidad de partir de sí, para dotar de autoridad cognitiva a la propia subjetividad, es decir, al saber de la experiencia.

Libertad con, es lo que propone la estudiosa italiana Diana Sartori cuando habla de la libertad refiriéndose a la práctica política de otorgar centralidad a las relaciones. Atendámosla un momento: “La libertad no consiste en liberarse de los vínculos y de las relaciones que nos ligan a los demás y a la tierra, sino que es una apertura que se da en el reconocimiento de los vínculos y de las relaciones.”
[4] Considero que pretender no depender de nada, como forma de libertad, implica vivir en la desorientación y, por qué no, en la vacuidad.

La libertad femenina va más allá de la igualdad porque no está en competitividad con el referente masculino. Esta libertad no implica exclusión y tampoco soberbia. Va por otro camino que no es la “igualdad” porque no necesita al aparato legislativo para ser, es porque se gesta en la relación fundante de amor, de sororidad, de dignidad humana, de pertenencia a la naturaleza, de empatía con la alteridad, y por qué no, de conciencia histórica.


*Licenciada en Historia por la UNAM, México
y estudiante de Màster en Estudis de les Dones, Duoda-UB)
Solsona, diciembre 2006.


[1] Fue publicado en Duoda Revista d’Estudis Feministes, núm. 14. Trad. del italiano de María-Milagros Rivera Garretas. Barcelona, Duoda, 1998.
[2] Indira Hermina, “Filósofas. Hanna Arendt”, en Sororidad, México, octubre – noviembre 2005, núm. 2, p.10.
[3] Dice con sabiduría Milagros Rivera que “el derecho es la gran obra del simbólico viril; por tanto la libertad femenina no se dirime ahí dentro sino antes”. Mujeres en Relación. Feminismo 1970 – 2000. Barcelona, Icaria, 2001.
[4] Diana Sartori. “Libertad ‘con’. La orientación de las relaciones”, en Duoda Revista d’Estudis Feministes, núm. 26. Trad. María-Milagros Rivera Garretas. Barcelona, Duoda, 2004, pp. 113 – 114.

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