A cien años del nacimiento de Frida Kahlo

Mucho se ha hablado de la personalidad y del drama humano representado por Frida, pintora mexicana nacida en Coyoacán (México) en 1907. Al parecer, emitió una extraña fascinación sobre el mundo occidental, el cual aún no termina de definirla. Fue una mujer de inmensa complejidad cuya definición no será conseguida por mil análisis artísticos que se realicen. Hay algo en ella, en su arte que es inexpresable con palabras escritas o dichas. Su historia, su vida y su obra escapan a toda definición racionalista del por qué.

El primer y más evidente elemento en la creación del lenguaje artístico de Frida es: ella misma. Ella fue el sujeto de su obra, porque no había otra cosa que conociera mejor. “Según sus amigos, la relación amorosa más apasionada de Frida fue la que tuvo consigo misma.”[1] Pero no se quedó sólo ahí, cuando se la intentó clasificar como surrealista, ella aclaró, sin demoras, que no pintaba sus sueños, sino su realidad.

A lo largo de su vida Frida, una mujer de convicciones, jugó con las madejas de lo simbólico y lo político, las entretejió para crear un tejido identitario, que a pesar de ser, aparentemente, contradictorio y caótico, guarda una profunda coherencia con la realidad, una realidad caótica y que escapa a la clasificación. Para mí, su arte no se reduce a su obra pictográfica, sino que se proyecta también en su espacio vital, en su cuerpo y en su forma de hacer política. Toda ella, es el tejido de un orden simbólico que dialoga con la complejidad del origen.

La sangre, en su obra, dota a las relaciones de un toque de intensidad y de ligamen histórico. Los hilos de sangre que unen al amor, al desamor, al dolor, a la muerte, al deleite, a la abundancia, a la austeridad, a la agonía y a la pasión, sirven para reconocer la trascendencia que implica el vínculo y la mediación. Por ello es que siento que en Frida el dolor no está contrapuesto a la felicidad, es parte de la vida y se ha de aprender de él. El dolor no significó para ella una absoluta fatalidad, sino que en la constante convivencia con él, Frida reconoció su propia vulnerabilidad, y al mismo tiempo, su fortaleza y fue un elemento impulsor. Fue quizá, el dolor, un elemento mediante el cual dotó de sentido al mundo que habitó.

Más alejada que preocupada por adecuarse a las últimas tendencias artísticas, encontró su propio camino en la medida que se apartó del discurso de la modernidad construida desde el capitalismo. Su arte, me parece, está en estrecho vínculo al desarrollo de su identidad existencial y en segundo término, a su ideal revolucionario; de ahí que la riqueza de su obra no radica tan sólo en el resultado artístico, sino también en el proceso creativo, que es la mediación entre el mundo y su vida. A esto lo llamaría yo, hacer política de lo simbólico, que implica, necesariamente, partir de sí, para decir lo que es y lo que percibe de la relación con el mundo.

Después de un largo ir y venir por el mundo, y de las múltiples relaciones entretejidas por ella, ya fuera con los personajes más inadvertidos del entorno popular mexicano, o bien, con los más distinguidos y controversiales personajes de la historia occidental de la primera mitad del siglo XX, Frida se despidió de este mundo, mientras yacía acostada en su lecho de muerte, y también de vida, en julio de 1954: "Espero que la marcha sea feliz y espero no volver".


[1] Rauda Jamís. Frida Kahlo. (1985) Barcelona, Columna / Circe, 1989. p. 240.

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